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Luna caliente - Primer capítulo de la novela de Mempo Giardinelli



Mempo Giardinelli es escritor y periodista de Residencia, Argentina. Luna Caliente, novela de género negro, fue publicada en 1983 y le dio el Premio Nacional de Novela de México en ese mismo año a Giardinelli.

La historia, situada en la Argentina de 1977 sometida a la corrupción y a la dictadura militar, tiene como personaje principal a Ramiro Bernárdez, un joven que se obsesiona con la hija de trece años de uno de sus amigos en una visita a Chaco, Argentina.

Ojalá este primer capítulo sirva como incitación a leer una de las mejores y más reconocidas novelas de Mempo Giardinelli.

Capítulo I

Sabía que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio. Hacía muchos años que no volvía al Chaco y en medio de tantas emociones por los reencuentros, Araceli fue un deslumbramiento. Tenía el pelo negro, largo, grueso, y un flequillo altivo que enmarcaba perfectamente su cara delgada, modiglianesca, en la que resaltaban sus ojos oscurísimos, brillantes, de mirada lánguida pero astuta. Flaca y de piernas muy largas, parecía a la vez orgullosa y azora por esos pechitos que empezaban a explotarle bajo la blusa blanca. Ramiro a la miró y supo que habría problemas: Araceli no podía tener más de trece años.

Durante la cena, sus miradas se cruzaron muchas veces, mientras él hablaba de los años pasados, de sus estudios en Francia, de su casamiento, de su divorcio, de todo lo que habla una persona que los demás suponen trashumante porque ha recorrido mundo y ha vivido lejos, cuando regresa a su tierra después de ocho años y tiene apenas treinta y dos. Ramiro se sintió observado toda la noche por la insolencia de esa niña, hija del ahora veterano médico de campaña que fuera amigo de su padre, y que lo había invitado con tanta insistencia a su casa de Fontana, a unos veinte kilómetros de Resistencia.

La noche cayó con grillos tras los últimos cantos de las cigarras, y el calor se hizo húmedo y pesado y se prolongó después de la cena, rociada de vino cordobés, dulzón como el aroma de las orquídeas silvestres que se abrazaban al viejo lapacho del fondo de la finca. Ramiro nunca sabría precisar en qué momento sintió miedo, pero probablemente sucedió cuando descruzó las piernas para levantarse, al cabo del segundo café, y bajo la mesa los pies fríos, desnudos, de Araceli le tocaron el tobillo, casi casualmente, aunque acaso no.

Cuando se pusieron de pie para ir al jardín, porque el calor era sofocante, Ramiro la miró. Ella tenía sus ojos clavados en él; no parecía turbada. Él sí. Caminaron, con las copas en las manos, detrás del médico, que ya estaba bastante achispado, y de su esposa, Carmen, quien no dejaba de hablar. Los más chicos se habían acostado y Araceli, decía a su madre, era raro que estuviera despierta a esa hora. «Los chicos crecen», dijo el médico. Y Araceli hizo como que miraba algo, al costado, en un gesto que Ramiro interpretó cargado de la intención de que él viera su media sonrisa.

Charlaron y bebieron en el jardín trasero, hasta las doce d ela noche. Fue una velada que a Ramiro le resultó inquietante porque no podía dejar de mirar a Araceli, ni a su falda corta que parecía remontarse sobre las piernas morenas, suavemente velludas, impregnadas de sol, que en ese momento brillaban a la luz de la luna. Era incapaz de apartar de su cabeza algunas inquietantes fantasias que parecían querer metérsele en la conversación, y que no sabía reprimir. Araceli no dejó de mirarlo ni un minuto, con una insistencia que lo turbaba y que él imaginó insinuante. Al despedirse, cometio la torpeza de volcar un vaso sobre la muchacha. Ella se secó la falda, alzándola un poco y mostrando las piernas, que él miró mientras el médico y su esposa, bastante bebidos los dos, hacían comentarios que pretendían ser graciosos.

Cuando se adelantaron para abrir la puerta que daba al patio, a fin de atravezar la casa hasta la calle, Ramiro tomo a Araceli de un brazo y se sintió estúpido, desesperado, porque lo único que se le ocurrió preguntar fue:

—¿Te manchaste mucho?

Se miraron. Él frunció el ceño, dándose cuenta de que temblaba a causa de su excitación. Araceli cruzó los brazos por debajo de sus pechos, que parecieron saltar hacia adelante, y se encogió con un ligero estremecimiento.

—Está bien —dijo, sin bajar la mirada, que a Ramiro ya no le pareció lánguida.