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Humberto Rodríguez Espinosa - Un escritor colombiano injustamente olvidado



Si un improbable grupo de ociosos decidiera hacer la lista de las novelas colombianas más importantes de los años setenta, tendría que fatigar la memoria un buen rato después de escribir los primeros títulos. Varias razones explican la amnesia. Primero está la sombra del árbol García Márquez. Después está nuestra falta de memoria. Hasta los amantes de la literatura estamos sometidos a los caprichos de los medios —que celebran y descartan “genios” en cuestión de semanas— y tenemos una curiosidad tan ligera y olvidadiza como la de los hombrecitos del futuro que imaginó H. G. Wells. Ahora nos ocupamos de algo y al instante siguiente lo olvidamos. Por eso es tan improbable ese grupo de ociosos dedicado a hacer listas sobre tiempos tan remotos.

Pero supongamos que el grupo existe, que se trata de amantes tan enamorados de la literatura que no tienen problema en incluir en su lista El otoño del patriarca, Qué viva la música, Los parientes de Esther, Aire de tango, Los cortejos del diablo, Cóndores no entierran todos los días. Supongamos incluso que se toman tan en serio su tarea, que consultan manuales y archivos para agregar otros títulos. Es posible asegurar que, por más que se esforzaran, la lista que hicieran estaría incompleta. Faltaría El laberinto.

Incluso si en ese grupo dedicado a combatir la intrascendencia se encontrara Humberto Rodríguez Espinosa, no se le ocurriría pensar que su novela es digna de estar en esa lista. Su modestia es desconcertante. Parece avergonzado de haber escrito un libro que tendría que estar en la lista de los mejores del siglo.

Descubrí la novela de Rodríguez Espinosa escarbando en un anticuario de Pereira, hace un poco más de un año. Me llamó la atención que hubiera sido publicada por Seix Barral, en 1973, cuando esa editorial era una de las más influyentes de Iberoamérica. Allí publicaban sus novelas en aquel tiempo Vargas Llosa, Cabrera Infante, Cortázar, Puig y Donoso.

El comienzo de la novela es simple y apabullante: “Z regresaba a casa con el paquete de provisiones bajo el brazo y una sonrisa recién comprada, cuando de improviso cayó en el hueco”. Esa noche y los días siguientes, en compañía de un grupo de amigos, viviendo la caída del rutinario Z a lo largo de más de trescientas páginas, descubrimos con treinta y tres años de retraso una obra maestra que ha sido borrada de nuestra historia literaria.

El laberinto es una mirada llena de lucidez a nuestras mezquindades de criaturas perdidas entre máquinas y aparatos burocráticos. Es un viaje sin regreso a las cavernas más profundas del ser. Es, para no agotarnos en descripciones, la aventura del absurdo K, de Kafka, llevada a los últimos extremos del absurdo, ahora en el cuerpo maltrecho de Z, un pobre diablo que a todos nos recuerda nuestra pobre diablez.

El gozo perverso de la lectura ameritaba el esfuerzo de tratar de dar con el autor. En la contraportada del libro estaba la foto de un ejecutivo de ceño fruncido que no parecía coincidir con la abismal agudeza de aquel libro. El infierno allí descrito, ése que todos llevamos dentro y que nos empeñamos en ignorar, sólo parecía posible que viniera de las manos de un hombre llevado al límite de la desesperación. Era difícil aceptar que nuestro Dante tuviera pinta de empleado bancario.

Fue difícil y fácil encontrarlo. Ninguno de los profesores de literatura consultados tenía noticias del autor y de sus libros. En archivos de bibliotecas era posible encontrar copias de sus otros libros, pero casi ninguna reseña crítica. Su última colección de cuentos, Camino de premios (1989), fue malinterpretada por un reseñador que quiso afirmarse a sí mismo denigrando. El hecho de que la reseña no haga ninguna alusión a El laberinto demuestra lo poco que sabía de lo que tenía en las manos.

Al final, el directorio telefónico de Bogotá fue el único que pudo dar noticias de Rodríguez Espinosa. La llamada lo sorprendió. Fue atento y aceptó complacido conceder una entrevista.


“Soy abogado. Me he defendido. Estoy jubilado y en plan de retirarme. Nunca pensé que la literatura pudiera servir mucho”, tiene aspecto de hombre bueno, no hay otra manera de describirlo.

Ahora vive en un edificio sobre la carrera séptima, cerca de la Universidad Javeriana, donde su hija está terminando los estudios universitarios. Se le ve decidido a cumplir su misión más importante: acompañar a su hija, ayudarla en el cuidado de su nieta, para hacerle la vida más fácil. Lleva tres años en ese lugar y habla con terror de la violencia que se ve desde la ventana. Cuando su hija se gradúe, piensa irse a vivir a un lugar tranquilo y silencioso.

“Soy abogado especializado en trasteos”, agrega sin que los gestos de su rostro revelen la ironía. Los trasteos se han confabulado con la vida para hacer más difícil la carrera literaria de este hijo de madre monja y padre librepensador, para extraviarle manuscritos, para insistir en desalentarlo en la obstinación de escribir que le nació desde niño. “Desde los siete años he estado escribiendo vainas y vainas. Cuando estaba terminando el colegio, me puse a darle más en serio al asunto”.

Para Humberto Rodríguez Espinosa no ha sido fácil darle al asunto. A pesar de que ha publicado dos novelas, El laberinto y La reforma, y dos libros de cuentos, El fusilamiento y Camino de premios, a pesar de que nunca ha dejado de escribir diariamente, rara vez su tarea se ha visto recompensada o alentada. Su vida de escritor ha estado llena de tropiezos, de derrotas y de triunfos equívocos, pero él lo toma todo con calma a la hora del balance: “He tenido un poco de mala suerte”, dice sin mucho énfasis.

Cuando tenía dieciocho años, fue presentado por el periódico El Tiempo como una de las promesas de la literatura colombiana. Siendo estudiante de Derecho, quedó finalista del Premio Esso, en 1966, que ganó Rojas Herazo con En noviembre llega el arzobispo. Pero el único testimonio que queda de ese honor es la mención de su seudónimo, Humo Rodsa, en la edición del libro ganador.

“Allí tengo el acta del premio”, dice señalando hacia el interior de su apartamento. “Es bellísima. Mendoza Varela y Elisa Mujica fueron parte del jurado. Fui muy amigo de Elisa. Dejó una obra muy interesante, pero nadie le ha prestado atención”.

Cuando se graduó de abogado, se fue a hacer una especialización en derecho civil en la Universidad de París y, mientras estaba en Europa, le informaron que había ganado el premio literario de la editorial Santiago Rueda, de Buenos Aires. Estaba tan feliz con el premio que decidió dejar los estudios y venirse a Bogotá. Pero en esos días murió don Santiago Rueda, el dueño de la editorial. Nunca publicaron su novela. Nunca recibió el dinero del premio. El manuscrito de su libro jamás fue encontrado.

“Después tuve la oportunidad de que me publicaran un libro en una colección de Colcultura, que dirigía Cobo Borda. Pusieron el libro en la lista de espera pero la colección se terminó y el manuscrito también desapareció”.