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Un oficio en la sombra

Actualizado: 19 de mar de 2020



¿Cómo sería una obra teatral sin manejo de luces, sonido o escenografía? Estos elementos narran quizá, más que los actores. Desde la mirada de un espectador desprevenido, se olvida lo que está detrás. Vidas reales que aportan a la ilusión.

“El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”

(Oscar Wilde)

Algunos asistentes, incómodos porque la obra no empezaba, murmuraban. El director gritaba: ¿dónde putas está?. Los actores ya vestidos y maquillados especulaban posibles soluciones: seguir esperando, iniciar sin técnico o cancelar la obra. El público ingresó y él nunca apareció. No sonó la música de circo al inicio. Tampoco se vieron las luces de colores por todo el escenario, resaltando los trajes contrastantes de los clown, en la primera escena. La obra se percibía aburrida y a los actores incómodos. Las luces plenas retrataban más un ensayo que una presentación. Para la segunda escena entró él sigiloso por detrás del público, con el sudor del afán y la vergüenza. Mientras el grupo se debatía entre el reclamo y el agradecimiento. Tan pronto llegó a su cabina, organizó las luces para dar magia a la obra. La tranquilidad inundó el escenario. El público lo sintió. (Centro de Bogotá. Sala de teatro. Año 2016)

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Así como para la imaginación no hay límites, en la realidad del trabajo técnico no hay nada imposible. La mayor parte de ellos, realizan este oficio de manera empírica e incluso por casualidades de la vida. Un ejemplo es Edwin Sánchez, que lleva veinte años en el Teatro La libélula Dorada, ubicado en la localidad de Teusaquillo, y llegó allí prestando servicios de vigilancia. Nunca pisó una universidad o institución para estudiar su oficio.

-“Yo soy un campesino y mis papás me enseñaron mucho sobre el respeto. Muchos que habían trabajado antes que yo en esto, no duraban, así hubieran pasado por alguna universidad. No duraban porque eran irresponsables o abusaban de los equipos y las cosas del teatro”- comenta Edwin con mirada reflexiva, sentado frente a una consola de audio y otros aparatos, dentro de la cabina: su lugar de trabajo.

En Bogotá resisten cerca de cincuenta salas de teatro. Algunas “Underground”. De bajo presupuesto. Otras son Salas Concertadas que tienen algo de recurso estatal, y por último están las salas de mayor presupuesto como el Teatro Jorge Eliecer Gaitán o el Teatro Julio Mario Santodomingo. Pero tienen algo en común. Uno de los infaltables cargos en estos recintos son los técnicos. Los que siempre están detrás del público, pero siempre frente al espectáculo. No obtienen premios, entrevistas, ni reconocimientos, pero trabajan como obreros en la construcción de la fantasía teatral, de la misma forma que trabaja el director, el actor o el músico. Como dice Edwin Sánchez, “-los que deben verse son ellos, mi labor es aquí atrás.”

No existen carreras profesionales con pensum enfocado a ser técnico de teatro, y la mayoría de personas que quieren vivir de las artes escénicas no buscan ser técnicos. En lo “Underground” los mismos actores realizan ese oficio, aunque no muy a gusto. En las Salas Concertadas generalmente hay una persona encargada de todo: escenografía, sonido, luces, y que en caso de recibir sueldo, varía entre ochocientos mil y dos millones de pesos mensual, aunque la informalidad es lo más común en la mayoría de estos espacios. No pueden tener una agenda definida. Resultan viajes, funciones fuera de la sala o programaciones extras. Como consecuencia les cuesta generar otros ingresos o realizar otras actividades. En contraste a esto El Teatro Colón tiene dentro de su planta a 32 personas tras las bambalinas. Con sueldos que oscilan entre los tres y cinco millones de pesos mensuales. Jornadas de 8 horas diarias aproximadamente.

Según Andrés Rodríguez, director, actor y técnico desde hace 15 años de Changua Teatro, sala ubicada en plena Av. 19 con 4ta, el rendimiento técnico corresponde al cincuenta por ciento de importancia en una obra de teatro. –“Un técnico que hace algo mal durante la función, va a desconcentrar a los actores, y un actor desconcentrado le resta a la obra. Además, deben tener cualidades artísticas para lograr emociones con la luz y el sonido. Ser muy precisos”-. Se debe sumar también las cualidades humanas como la responsabilidad y la paciencia, que son virtudes adquiridas con la experiencia. Según Rodríguez, se deben crear estrategias para profesionalizar este oficio tanto en Bogotá como en otras partes del país, y dar el reconocimiento merecido dentro de las artes escénicas en general.

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Se había preparado todo durante horas. El escenario era grande y con equipos muy profesionales. Las luces puestas en su sitio. Los micrófonos. El sonido. Las telas. La escenografía estaba instalada. La sala a reventar. Hasta que uno de los micrófonos inalámbricos estalló. La consola de audio digital se descontroló. Los actores claramente notaron lo que pasaba, pero detener el espectáculo no es una alternativa; por lo tanto, quedan a merced de la improvisación del técnico para que el barco no se hunda al iniciar su marcha.

Finalmente se apaga la consola, se reinicia a pesar de los sonidos incómodos que produce y la demora en estabilizarse. Pero no se podía hacer más. El trabajo de todo un día se fue a la basura. Sólo queda organizar sobre la marcha y sacar adelante el espectáculo.

-“Hay cosas que pasan que son para olvidar. Cosas que uno no quiere que se repitan”- comenta Edwin al narrar este incidente en Costa Rica con la obra de títeres: “La peor señora del mundo”

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Hacer teatro a la colombiana

Álvaro Rodríguez, uno de los actores más recurrentes en el cine y la televisión en Colombia, llegó al Teatro La Candelaria por la década de los setenta -“haciendo luces” como él mismo afirma- para la obra “Guadalupe años cincuenta”: -“Nos tocaba subirnos bien alto y yo con este miedo a las alturas. Este es un oficio en el que no se trata simplemente de iluminar sino de trabajar la dramaturgia de la luz”-

Actualmente dirige el grupo Teatro Estudio Alcaraván con más de diez años de trayectoria. David Bojacá es uno de los actores del grupo y es la persona que más atiende la parte técnica de la sala, pero ha sufrido momentos de crisis en cuanto a desarrollar más ésa parte que la artística. Según él, el actor goza de más “estatus” que el técnico.

Para Álvaro Rodríguez, con las circunstancias económicas colombianas en cuanto a cultura se refiere, toca “a lo que haya”. Toca ser toderos. Además se necesita una persona que sea sensible a la historia que se quiere contar, y es muy valioso que la parte técnica sea realizada por una persona que además actúe. Afirma.

Lorena Lamouroux es una joven actriz y directora. A sus 33 años, conduce el colectivo Elixir Teatro desde el 2008. Para ella el técnico es un actor más dentro de la obra, y que además debe estar en la capacidad de respirar al tiempo que los actores. –me parece muy acertado que se señale ese trabajo dentro de las artes escénicas porque es un oficio muy desvalorado y vital para cualquier montaje”-

Lorena se endeudó para presentar la obra: “Polifemo y Galatea” en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro en España en 2013. Ese día hubo algunas tensiones en el grupo. En la función el técnico quiso recordarle su importancia. Cuando empezó la obra se escondió en el baño. Un actor lo encontró sentado desafiante. -“Que se esperen”- respondió mientras la obra iba ya en la mitad de la primera escena. – “cuando salió lo miré con mucha rabia, pero ese día entendí lo crucial del técnico en una obra. Posterior a eso no trabajamos más durante mucho tiempo, pero años después me lo encontré y nos abrazamos”-

Raúl Gómez tiene 38 años y fue un inmigrante colombiano que trabajó como técnico en España, del 2004 al 2009.