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La ciudad de las pintadas rotas

Actualizado: 24 de mar de 2019


Autor: Andrés Chaparro Borja

Ya la Calle del Embudo no es lo que era antes. Aunque sigue con sus pisos de adoquín y sus casas coloniales, las paredes del camino que comunica hacia el Chorro de Quevedo no tienen la alegría que hasta hace poco las caracterizaba, al menos no todas. Y en el sitio del cual se dice es la fundación de Bogotá, se encuentra la fuente, el apodado “chorro”, y enfrentado a éste hay una pintura mural de dos metros de alto por unos tres de largo, el imponente rostro de una indígena que emerge desde un fondo completamente negro, acompañada de simbólicas y coloridas plumas que se desprenden de ella, de una cara altiva y orgullosa que mira a los visitantes que van llegando al sitio, dando a la plaza fundacional una vista diferente, una perspectiva de mestizaje, una crítica contenida en una obra que como muchas pinturas, al igual que los antiguos pobladores chibchas, corre el riesgo de ser erradicada.


Es el día 28 de julio. En la Plaza de los Periodistas se arremolinan varias personas de acentos extraños y caras foráneas. El poco español que se escucha no proviene de ellos, por el contrario, la multitud de idiomas que se oyen son la conversación dispersa de más de una cuarentena de extranjeros que han llegado hasta el lugar para hacer el recorrido de un tour. ¿El tema? el graffiti y los murales artísticos del centro de la ciudad. Después de un rato, un hombre barbudo y joven, evidentemente colombiano, prende un parlante que descuelga de su cuello y comienza una explicación en inglés sobre lo que será el recorrido por las calles del centro de la ciudad. Según el Bogotá Graffiti Tour, que desde hace ya algunos años realiza la actividad, “desafortunadamente no hay una demanda para grupos en español. Intentamos hacer el tour en español pero nadie llegaba.” Aun así, el recorrido no ha dejado de hacerse y “todos los días hay un guía en el parque de los periodistas a las 10 a.m. y 2 p.m.”

Carlos Vargas, uno de sus cinco guías, es en esta oportunidad el encargado de llevar a la multitud poliglota para mostrarles y explicarles las razones políticas, estéticas o coyunturales de las pinturas que hay plasmadas en los muros del centro de la ciudad. Según Vargas “Bogotá se ha vuelto una meca del graffiti, no solo a nivel latinoamericano, sino a nivel mundial, de hecho, es una de las ciudades top 10 del mundo según un artículo que publicó The Guardian, el diario británico”, lo que atrae a miles de turistas que desean conocer la interesante movida artística de la “capital latinoamericana del turismo de graffiti”, considerada así por Canal Capital en marzo de 2017.


El recorrido temático discurre por casi dos horas en este gran museo al aire libre. A su fin, Vargas accede a una entrevista en la que revela una información que será motivo de alerta para muchos bogotanos y sobre todo, para habitantes y muralistas del centro de la ciudad. El guía del Bogotá Graffiti Tour indica que “les hablo que el alcalde (Enrique Peñalosa) usa la teoría de las ventanas rotas. Para él lo importante es mostrar resultados, mostrar una ciudad limpia que él está quitándole a ‘esos vándalos’ que son los grafiteros, entregándosela de nuevo a la ciudadanía y es un poco lo que pasó hace un mes, trajeron a un montón de niños, porque eran niños los que pusieron a pintar, les ponía su camiseta, les decían que borraran los murales y les tomaban ‘la foto’, tratando de seguir con el estigma de que el graffiti es algo negativo”.

Así lo reportaban a mediados de agosto algunos medios. Cartel Urbano dubitativo preguntaba “¿Adiós a los murales de La Candelaria?”; Las 2 Orillas acusaba en su artículo “¿Alianza entre Peñalosa y Citibank arruina los murales de Bogotá?”; la alemana Deutsche Welle informaba “Colombia: borran murales en zona turística”; Caracol Radio hablaba de controversia “Polémica por eliminación de mural en el centro histórico de Bogotá”. La duda sobre las “borradas” se sumaba a las palabras del máximo burgomaestre de la capital, quien en abril del mismo año daba pie a la discusión en una jornada de limpieza de muros, en la que frente a las cámaras y los micrófonos declaraba que “Donde hay desorden, donde hay graffiti, se atrae a la criminalidad, porque es un mensaje de que cualquiera hace lo que quiera, de que no hay reglas, que no hay orden.” Así, el Alcalde enclaustraba en una sola las acciones que realizan los escritores (grafiteros por la terminología acuñada en el Nueva York de los años 80) y los muralistas, desconociendo varias estéticas, dejándolos como simples rayadores vandálicos de las paredes de la ciudad, lo que para muchos fue un llamado a que Bogotá fuera la ciudad de las pintadas rotas.

Una mañana de junio, dos meses antes de que lo reportaran los medios, se entregaba a una brigada de niños y adultos, de trabajadores y empresarios, camisetas con logos corporativos, brochas rodillos y pintura para intervenir las fachadas de más de un centenar de casas del barrio La Concordia en La Candelaria. El ambicioso programa de Enlucimiento de fachadas del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), se ponía así en marcha como una cruzada de restauración inmobiliaria que actuará por toda Bogotá. Diego Parra, Coordinador de Enlucimiento de fachadas, afirma que “El IDPC tiene bajo su competencia la protección de más de 6.500 bienes donde también va a llegar el programa, recuperando y conservando fachadas patrimoniales en los contextos que tienen la declaratoria de bienes o sectores de interés cultural. Esta acción se llevó a cabo el 10 de junio, en el marco de las campañas de recuperación. Hemos hecho alrededor de 22 campañas, no solo aquí en el centro histórico”. La pintura usada para enlucir fachadas fue más que meramente institucional. De la mano del IDPC, se invita también a integrantes de la empresa privada a pintar, “Estamos incentivando la inversión de recursos privados en el patrimonio colectivo, que las empresas apoyen la recuperación del patrimonio de los colombianos y los bogotanos. No solamente han sido esas siete empresas (El día 10 de junio participaron dicha cantidad de compañías), lo hacían ese día en el marco del Día global de la comunidad Citibank. Donaron todos los recursos e insumos y también un día de su tiempo, de sus empleados que vinieron voluntariamente a hacer parte de la jornada de recuperación del centro histórico.”

Pero por más de una docena de años el muralismo se ha plasmado en las paredes del centro histórico de Bogotá, epicentro de referencia de un movimiento que la propia ciudad no puede desconocer y el cual tampoco el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural puede negar, “Somos conscientes que en un sector de La Candelaria tienen presencia los murales artísticos. Desde el IDPC y para la Alcaldía Mayor, sabemos de las diferencias entre rayones vandálicos al arte urbano, en cuyos casos cuando se presentan murales artísticos sobre la fachada, se hace un proceso de socialización con el dueño, en donde si él solicita un cambio de imagen y decide enlucir el inmueble, por supuesto, tenemos que incluirlo en el programa. Nunca se van a eliminar a no ser que tengamos la autorización por escrito y la firma de todos los involucrados.” Aun así, el coordinador de Enlucimiento de fachadas, resalta la necesidad de regirse a las leyes que reglamentan la actividad, “Por otro lado tenemos un Decreto, el 529 del 2015 el cual regula el 075 del 2013, que nos dice claramente que hay lugares no autorizados para realizar este tipo de práctica responsable, como los bienes de interés cultural, patrimonio y las esculturas en espacio público. Son lugares no autorizados. No tenemos ninguna intención de borrarlos, pero sí tenemos como funcionarios que hacer cumplir la norma que ya tiene unos buenos años en la ciudad, es decir, no se pueden hacer murales nuevos en la zona.”


El muralismo ha avanzado a pasos agigantados e incluso ha entrado en los centros colombianos de memoria e identidad. La larga escalinata que conduce a la entrada principal de la Biblioteca Nacional va poco a poco develando tres pinturas de escala monumental. Por estos días, su hall principal alberga sendos murales del tríptico “Espejismos de Modernidad”, que recuerda al renombrado movimiento del muralismo mejicano en que se destacaron pintores como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, entre otros. Gaia y Guache fueron los encargados de intervenir la biblioteca con piezas de gran formato que conmemoran en una interpretación libre a los cincuenta años del libro “Cien años de soledad”, aquel que le dio el único nobel de literatura a Colombia. La convocatoria de muralistas no es la primera que se hace en el precinto. También allí han decorado la fachada los conocidos como Erre, Lesivo y Toxicómano Callejero. Al respecto, Valentín Ortiz, Líder del Equipo de Actividad Cultural y Divulgación de la Biblioteca anota que “ha sido una estrategia que se usa para darle una vuelta a la vocación del espacio. Hay gente a la que le parece que eso no debe suceder, que este es un edificio patrimonial que debe pintarse de blanco. Yo no estoy de acuerdo, a mí me parece que eso son el tipo de cosas que son importantes, cuestionar la idea del patrimonio como si fuera una cosa estática, que es labor de todo el mundo; sino el patrimonio y la memoria se quedan quietos. No son solo anaqueles que conservan cosas escritas. En la medida de que uno pueda interpretarlo, abordarlo, ponerlo en discusión, es que tiene sentido.”

Según una mujer espontánea interesada en polemizar, se debe empezar a borrar el muralismo del centro de la ciudad porque “tenemos que cuidar el centro, hay que defender lo que nos dejaron los españoles”. Y es que al parecer la discusión queda abocada a conocer cómo la ciudad entiende lo patrimonial y la presencia de la identidad. Al inicio de este artículo, se habló de una pintura en que se retrataba acompañada de símbolos a una mujer indígena altiva. La obra es autoría del muralista Óscar González, el mismo coautor del tríptico de la Biblioteca Nacional conocido como Guache, un alías que parece puede ser el metafórico ejemplo de cómo se puede re-direccionar la discusión. Según el artista, “existe toda una mística en cuanto al nombre cuando uno pinta en la calle. El nombre Guache es un juego, un asunto lúdico que parte de mi origen. Yo soy de Sogamoso, donde hay toda una tradición Muisca, una herencia cultural, y entonces yo traigo a colación un nombre que la colonia transformó, porque la palabra original significa guerrero o varón, pero la colonia lo convirtió en un asunto peyorativo para referirse a las malas maneras de los ‘indios’, en un país en donde ‘indio’ es una ofensa.” Una palabra que bien podría servir para mirarnos como país y analizar lo que está pasando en el centro de una ciudad llena de un rico mestizaje cultural: “Yo tengo un concepto personal del patrimonio y siento que es un asunto también del presente, que se construye a partir de las vivencias de la gente. No estoy en desacuerdo con que se conserve la memoria, pero también la memoria se construye a través de las acciones contemporáneas. Por eso nosotros pintamos en el centro.”

González apuntala su discurso con unas frases que dejan abierta una nueva perspectiva para la polémica, una forma que bien podrían servir para repensar si se deja o no el muralismo en La Candelaria, en el centro, en Bogotá: “Bueno, vamos a ver qué va a pasar. A mí me interesa que se haga un debate inteligente, que no sea un asunto de buenos y malos desde cualquier perspectiva que se vea, porque estamos en un momento del país en el que precisamente se ha intentado construir desde el debate, desde los acuerdos de paz.”

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