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Embera mi canto

Actualizado: 19 de mar de 2020



Como si fuera un ritual, Gonzalo Queragama aprovecha un instante de soledad en su lugar de paso, para improvisar lo que será su primera canción. Pasó semanas hacinado junto a su familia en un albergue dispuesto por el estado, que incumple una sentencia de la Corte Constitucional en derechos fundamentales de desplazamiento, y finalmente deben irse. Entre repeticiones y tachones, Gonzalo construye rimas en lengua Embera, con la esperanza de ser escuchado por su comunidad, y de expresarse ante el mundo. Evidenciando que el lenguaje de la música no tiene fronteras ni límites, este joven de 21 años sueña con una carrera profesional en las artes, sin dejar de lado su cultura ni sus raíces.

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Mucho antes de vestir accesorios deportivos, de cantar sobre pistas de rap bajadas de internet, de trabajar “en lo que se pueda”, de sacar tiempo para los ensayos, de ser padre y otras cosas más, Gonzalo Queragama nació el 8 de febrero de 1997 en una comunidad llamada Conondo, ubicada cerca al municipio de Bagadó en el sur del Chocó, limitando con el departamento de Risaralda. Un niño Embera Katío muy apreciado en su comunidad desde que mostró interés por el deporte y los idiomas. Hijo de don Jesús Queragama Campo, un indígena que antes del desplazamiento, se dedicaba al cultivo de la tierra y al manejo de animales para sostener a su familia. Su madre Ritalina Arce era la encargada de asistir y transmitir a los hijos esas mismas labores. Gonzalo es el cuarto de siete hermanos, cuatro hombres y tres mujeres con los que compartía su infancia jugando a luchas de barro, cazar roedores y pescar peces pequeños llamados “guacucos” en el río Andagueda.

Como la mayoría de su tribu, Gonzalo fue un niño de baja estatura, tez morena y un rostro que ha evidenciado su herencia indígena, la cual siempre le inculcaron; sin embargo, desde la escuela aprendió rápidamente bases del idioma español, compartiendo clases con afrodescendientes, campesinos y otros indígenas. Las expresiones ancestrales eran pan de cada día, pero su curiosidad y deseo de indagar ante todo, de preguntar sin vergüenza, lo llevaron siempre a interesarse de algún modo por manifestaciones contemporáneas.

Debido a que viajeros antioqueños fueron pasando por el resguardo a través de los años, llevando consigo instrumentos como la guitarra, la guacharaca, el bajo y el acordeón, sus ritmos y estilos “montañeros” fueron introduciéndose en la cultura popular embera, siendo la “carranga” el ritmo acogido por su comunidad.

-“Estos instrumentos los traíamos de la ciudad de Pereira. Los que querían tomaban talleres y avanzaban poco a poco” comenta Gonzalo con un español limitado.

Este tipo de composiciones plasman situaciones de amor, celos y desengaños en la mayoría de sus letras, como también hablan sobre la vida en el territorio con relación al trabajo y la familia.

Por otro lado, géneros comerciales como el reggaetón, rancheras o vallenato, han sido los encargados de entretener parrandas en comunidades cercanas, pero no llegaron a despertar interés en el joven Gonzalo, ni en los músicos del resguardo.


La comunidad Conondo que hace parte del resguardo Tahamí del Alto Andagueda, es una zona estratégica para grupos armados legales e ilegales. La comunidad Embera Katío queda en medio del fuego cruzado, soportando situaciones violentas afectando a sus familiares y vecinos. Fue hasta el año 2008, cuando murieron tres personas durante un enfrentamiento entre ejército y guerrilla, desatando disparos a diestra y siniestra sin importar los niños, ancianos ni mujeres.

-“Ese día se enfrentaron en el pueblo por la tarde, los soldados llegaron de las montañas y sorprendieron a unos guerrilleros que estaban tomándose una gaseosa. Mataron a varios. Esas balas llegaron a varias casas.”. Gonzalo cursaba en ese entonces séptimo de bachillerato y tenía tan sólo doce años en este mundo.

“A la gente de Bogotá no le gusta que parchemos o estemos en un parque” Gonzalo.

Buscando otros horizontes, ese año su familia decidió probar suerte en Bogotá, como pasa con muchos colombianos huyendo de la violencia. La gran indiferencia de la gente de la ciudad fue evidente. Parece sospechoso ver indígenas en una esquina, o caminando por cualquier avenida; inmediatamente son blanco de las autoridades o ciudadanos prevenidos.

Desde que Gonzalo y su familia llegaron a la capital, han vivido en “pagadiarios”, hoteles y albergues. Inicialmente en el barrio Tunal, permanecían encerrados como consecuencia de no conocer la ciudad. Soportando esta situación durante meses, retornaron a su tierra, pero la violencia permanecía; además no hay oportunidades de estudiar ni trabajar. Su resguardos son zonas con carencias básicas de servicios, infraestructura y comunicación.

Gonzalo volvió a Bogotá en 2014; vivió en un albergue dispuesto por la Alcaldía Mayor en el barrio Santa fe, centro de la ciudad, con otras ochenta familias más. Meses más tarde fueron dirigidos a otro asilo en el barrio San Cristóbal. A pesar de ser población seminómada, la inestabilidad evita adaptarse a una nueva cultura.


Colectivo Embera Bakatá

“Nos dimos cuenta que eran más violentados aquí en la ciudad que en sus territorios” Mónica Suárez

La historia mejora cuando Gonzalo empieza a ser parte del Colectivo Embera Bakatá en 201